dijous, 14 de febrer de 2013

Reflexiones filosóficas (con Proudhon): mérito, propiedad y sociedad



"Pero determinar en especie el valor de un talento cualquiera es cosa 
imposible, porque el talento y los méritos son inconmensurables. ¿Por qué
motivo razonable puede justificarse que un médico debe ganar doble, triple 
o céntuple que un campesino? Dificultad inextricable que nunca ha sido
resuelta sino por la avaricia, la necesidad y la opresión. No es así, 
ciertamente, como debe determinarse el derecho de talento. ¿Pero qué 
criterio seguir para señalarlo?

4º. He afirmado antes que el médico no puede ser peor retribuido que 
cualquier otro productor, que no debe quedar por bajo de la igualdad, y no 
me detendré a demostrarlo.

Pero ahora añado que tampoco puede elevarse por cima de esa misma 
igualdad, porque su talento es una propiedad colectiva que no ha pagado y
de la que siempre será deudor. Así como la creación de todo instrumento de 
producción es el resultado de un esfuerzo colectivo, el talento y la
ciencia de un hombre son producto de la inteligencia universal y de una 
ciencia general lentamente acumulada por multitud de sabios, mediante el
concurso de un sinnúmero de industrias inferiores. Aun cuando el médico 
haya pagado sus profesores, sus libros, sus títulos y satisfecho todos sus
gastos, no por eso puede decirse que ha pagado su talento, como el 
capitalista tampoco ha pagado su finca y su palacio con el salario de sus
obreros. El hombre de talento ha contribuido a producir en sí mismo un 
instrumento útil, del cual es coposeedor, pero no propietario. A un mismo
tiempo existen en él un trabajador libre y un capital social acumulado. 
Como trabajador es apto para el uso de un instrumento, para la dirección de
una máquina, que es su propia capacidad. Como capital no se pertenece, no 
debe explotarse en su beneficio, sino en el de los demás hombres.

(...)


El artista, el sabio, el poeta reciben su justa recompensa sólo con que la 
sociedad les permita entregarse exclusivamente a la ciencia y al arte. De
modo que en realidad no trabajan para ellos, sino para la sociedad que les 
ha instruido y les dispensa de otro trabajo. La sociedad puede, en rigor,
pasarse sin prosa, ni versos, ni música, ni pintura; pero no puede estar un 
solo día sin comida ni alojamiento.

Es indudable que el hombre no vive sólo de pan. Vive también, según el 
Evangelio, de la palabra de Dios, es decir, debe amar el bien y practicarle,
conocer y admirar lo bello, contemplar las maravillas de la Naturaleza. Mas 
para cultivar su alma es preciso que comience por mantener su cuerpo.
La necesidad le ha impuesto este último deber, cuyo cumplimiento no 
puede dejar desatendido. Si es honroso educar e instruir a los hombres,
también lo es alimentarles. Cuando la sociedad, fiel al principio de la 
división del trabajo, encomienda a uno de sus miembros una labor artística 
o científica, haciéndole abandonar el trabajo común, le debe una 
indemnización por cuanto le impide producir industrialmente, pero nada 
más. Si el designado pidiera más, la sociedad, rehusando sus servicios, 
reduciría sus pretensiones a la nada. Y entonces, obligado para vivir a 
dedicarse a un trabajo para el cual la Naturaleza no le dio aptitud alguna, el 
hombre de talento conocería su imperfección y viviría de un modo 
miserable."

PIERRE JOSEPH-PROUDHON, ¿Qué es la propiedad?, Primera parte, Capítulo VII

Magnífico texto de Proudhon en el cual se desmiente uno de los grandes prejuicios burgueses: la mayor consideración social a los trabajos artísicos o científicos por encima del trabajo manual (y, más concretamente, por encima del trabajo no cualificado).
En efecto, nuestra sociedad, espiritual e ideológicamente burguesa, tiende a mirar con cierto menosprecio a oficios como la construcción, la hostelería en establecimientos humildes, el trabajo en almacenes, etc o, como mínimo, a considerarlos por debajo de otros oficios más "respetables", como la arquitectura, la ingeniería o la literatura (la de éxito comercial, por supuesto). No es raro ver trabajadores no cualificados sentirse inferiores ante un licenciado o un doctorado, y es común ver como algo normal la enorme diferencia de salarios entre unas profesiones u otras.

Pero aquí Prodhon muestra, magistralmente, dos cosas: en primer lugar, el talento artístico o científico no es mérito único del poseedor de dicho talento, sino que es mérito de artista o científico y también de la sociedad. Y es patrimonio de la sociedad por dos motivos: porque su conocimiento proviene de generaciones anteriores y porque la sociedad permite, con el trabajo de todos, que haya podido desarrollar y ejercer su talento. En segundo lugar, los artistas y gran parte de científicos realizan un trabajo bello (en ocasiones, utilísimo), pero que no es más importante que muchos de los trabajos no cualificados (o de cualificación no universitaria). Más bien al contrario: el ser humano puede sufrir si no tiene ningún arte del que disfrutar, pero se sume en la desesperación si no tiene una vivienda (construida por obreros). La sociedad se mantiene a flote (y, con ella, los puestos de trabajo de artistas y científicos) gracias al trabajo de millones de trabajadores anónimos y, en muchas ocasiones, menospreciados. 

¿Tiene sentido que un futbolista cobre tantísimo más que los obreros que han construido el estadio? ¿Acaso el trabajo de un gran poeta es más importante que el trabajo de un basurero, que mantiene la ciudad limpia?

No es justificable, como bien demuestra el maestro Proudhon, que unos trabajos estén tan enormemente mejor retribuidos que otros. Gracias deberían dar de poder vivir únicamente de su vocación. La sociedad es un cuerpo diverso pero unitario, y como tal debe repartir la riqueza de una manera equitativa. No solo la riqueza material, sino también la espiritual.

Devolvamos a TODOS los trabajadores, sean del sector que sean y tengan la cualificación que tengan, la dignidad que todo trabajo lleva implícita. Pero para ello es necesario deshacerse de dos de las peores lacras de Occidente: el individualismo y el capitalismo.