divendres, 22 de febrer de 2013

Cataluña-España: ensayo histórico contra las mentiras nacionalitas


      ¡Cuán diferente nos dejáis la historia!
                                   Quevedo


  Al margen de lo que opinemos sobre la conveniencia o no de la independencia, cabe hacer algunas indagaciones sobre el discurso independentista catalán que lleva propagándose por toda Cataluña desde principios del siglo XX. Discurso que, hay que tenerlo bien presente, es esgrimido por el actual gobierno autonómico.
            Vaya por delante, empero, que lo que aquí sigue no es en modo alguno ningún tipo de ataque a Cataluña, cuya lengua es preciosa y su cultura vasta, rica y preciosa. El objetivo es refutar ciertos preceptos del discurso independentista como primer paso del resurgimiento de la pasión española a todos aquellos catalanes que la han perdido o la están perdiendo. Porque el mayor sueño que puede alcanzar un español (incluídos los catalanes) no es una lucha entre Don Quijote y Tirant lo Banc, sino ambos dándose la mano al pie del Canigó.

            Según el susodicho discurso, Cataluña es una nación más vieja que la propia nación española. Ahí está la primera falsedad, puesto que la moderna nación española nace, como todas las naciones, en el siglo XVIII. Cualquier persona que tenga mínimas nociones de Historia sabe que hablar de naciones antes del XVIII es una anacronía totalmente errónea (y, en este caso, tendenciosa). Además, si bien España como nación no existe hasta el siglo XVIII, ya desde los tiempos de la Hispania romana se tiene un concepto de comunidad que seguirá manteniéndose en el reinado de los reyes godos[1]. La pérdida de esta España con la invasión musulmana y el afán de recuperarla serán el telón de fondo de los reinos cristianos de la Reconquista que se unirán dinásticamente con el matrimonio de los Reyes Católicos[2]. Así pues, la idea de España se remonta a la Antigüedad romana y goda, y es una idea tan fuerte que atraviesa de pleno toda la Reconquista, empresa de recuperación de la España perdida que sentían por igual todos los reinos hispánicos. En cambio, debemos esperar hasta el año 878, cuando Wilfredo el Velloso “concentró en sus manos los condados de Barcelona, Osona y Girona” que constituyó “la columna vertebral de una Cataluña aún embrionaria” y no es hasta el siglo XI cuando “podemos emplear este nombre [Cataluña] con propiedad porque a finales de esta centuria y princpios de la siguiente aparecen las primeras menciones documentales del término catalán para denominar a los habitantes del territorio”[3]. Es decir: España no solo es mucho más antigua que Cataluña, sino que ésta nace en el seno de aquélla, y su primera empresa consiste en la recuperación colectiva de la España perdida con la invasión musulmana[4].

El discurso independentista sigue con la idea según la cual Cataluña era un pueblo soberano hasta el año 1714 cuando, el 11 de septiembre, las tropas de Felipe V entran en Barcelona y las libertades de Cataluña quedan abolidas. Esta es, sin ninguna duda, la peor y más discutible falacia histórica del independentismo catalán. En primer lugar, esa Cataluña libre que se reivindica no era soberana, sino que era un Principado insertado en la Corona de Aragón y, por lo tanto, bajo jurisdicción de un monarca que no era exclusivamente rey de Cataluña. En segundo lugar, estas supuestas libertades de Cataluña eran un sistema de fueros que favorecían a las oligarquías urbanas y a los estamentos privilegiados en detrimento de las masas laboriosas catalanas. Las dificultades con que la Monarquía se encontraba a la hora de gobernar los reinos catalano-aragoneses no era un síntoma de avance social, más bien lo contrario. Jaume Sobrequés habla de “todos los vicios de la intransigencia, la agresividad, a menudo gratuita, el egoísmo, la insolidaridad y la estupidez política que caracterizaba a la mayor parte de los estamentos privilegiados (…). La monarquía tenía una visión mucho más generosa y progresista del país que los miembros de las Cortes”[5]. Hay documentación que acredita el hecho de que el pueblo catalán consideraba la Generalitat como un atajo de aprovechados despóticos que defendían sus intereses particulares[6], debido, entre otras cosas, a hechos como este: “Cuando Juan II (1458-1479) quiere retomar la política filocampesina y recuperar alguna autoridad, aprovechando el triunfo de los menestrales barceloneses de la busca y el levantamiento de los payeses de remensa contra sus señores, se encuentran con una sublevación de las oligarquía catalanas, que le destronan, ofrecen la soberanía sobre el Principado a Enrique IV de Castilla y a otros príncipes, y ponen en pie de guerra un ejército para marchar simultáneamente contra el rey y los campesinos”[7]. Así, lo que se perdió en 1714 no fueron las libertades de Cataluña, sino los privilegios de una minoría. La idea de que los reinos de la Corona de Aragón (especialmente el Principado de Cataluña) poseían unos sistemas semi-democráticos avanzados para la época y que contrastaban con el autoritarismo (por otra parte, muy marcado) de la Corona de Castilla es absolutamente falsa: Castilla estaba siguiendo la misma evolución que el resto de Estados europeos, esto es, la sustitución del feudalismo por las monarquías absolutistas que, en esa época, eran las portadoras del progreso y de una mayor Justicia (lo cual no significa, obviamente, que fueran la panacea a todas las injusticias, ¡ni mucho menos!). Efectivamente, a partir de 1714, las oligarquías y clases dominantes de Cataluña perdieron sus privilegios (entre otros, el derecho de matar a sus vasallos), y se implantó una política fiscal más justa, al imponer tributos sobre las rentas a todos los individuos y a todos los estamentos, aunque, hay que decirlo, los estamentos privilegiados seguían teniendo privilegios a pesar de la voluntad de la monarquía hispánica de abolir tales privilegios. Desde pequeños, a los catalanes nos han enseñado que las instituciones democráticas catalanas (¡democracia en la Edad medieval!) fueron abolidas y sustituidas por las instituciones autoritarias y retrógadas de Castilla, cuando la realidad es que “el rasgo más positivo de las instituciones medievales castellanas era la limitación que imponían a la servidumbre (…). A pesar del creciente dominio de la aristocracia, por lo menos jurídicamente los campesinos de Castilla eran más libres que en otros lugares”[8]. Contra la visión del nacionalismo catalán que contrapone unas Cortes catalano-aragonesas semidemocráticas a unas cortes castellanas autoritarias y opresivas se alza el hecho histórico: “se habría conseguido que el reino de Castilla fuera muy receptivo a las demandas de la corona, y después de 1538 sus Cortes eran el único Parlamento europeo cuyos miembros sólo procedóan del tercer estado. Contaba con instituciones fiscales y judiciales relativamente eficientes, y también con una aristocracia en general preparada para cooperar con la corona. En ello contrastaba enormemente con las complejas y anquilosadas estructuras constitucionales de los principados de Aragón, profundamente elitistas y opresivas, y nada dispuestas a abonar nuevos impuestos y ni siquiera a contribuir a la defensa común”[9]. Efectivamente, “en los últimos siglos medievales [la Corona de Aragón] basculó enormemente hacia una rígida refeudalización que fue debilitando cada vez más el poder regio”[10]. Huelga decir que una refeudalización en los siglos bajomedievales no puede ser considerado un progreso, sino más bien lo contrario. Obviamente, hoy en día sería ridículo juzgar la monarquía de corte absolutista que se estaba gestando en Castilla, con los parámetros políticos actuales, de progresista. Pero hay que recordar, aun a riesgo de ser tediosos, que en esa época representaba el progreso, y permitió dar pasos hacia la modernidad. Y esto es uno de los factores más importantes del predominio de Castilla por encima de los reinos y principados aragoneses: “los reinos aragoneses, dominados por oligarquías encastilladas en sus intrincados sistemas constitucionales, con una monarquía cada vez más debil y asentados en opresivass estructuras sociales propensas a generar convulsiones y conflictos internos, se habían estancado políticamente. En comparación, llegado el siglo XV, la monarquía castellana era políticamente más fuerte y había desarrollado una estructura institucional cada vez más imponente que extendía la administración real y sus leyes, lo cual la convirtió durante un tiempo en una de las monarquías europeas más modernas[11]. Ya los Reyes Católicos (como sus sucesores) tenían muy claro cuál era la tarea y los ideales del rey: “creían en la justicia social, en la buena monarquía, que debía proteger al débil y humillar al soberbio”[12]. Claro está que este ideal no siempre se cumplía en la práctica. Mas era el ideal progresista de la época, frente al anquilosado ideal de la Generalitat de aquél entonces. No hay que olvidar hechos como la promulgación del rey Fernando el Católico conocida como la Sentencia de Guadalupe, toda una conquista social para el pueblo laborioso catalán y que supuso un paso adelante hacia la abolición del feudalismo en Cataluña, pues libraba a los campesinos de los seis malos usos y les aseguraba su pedacito de tierra, así como la libertad de permanecer en ella o marcharse sin la necesidad del consentimiento del señor[13].

Las instituciones feudales catalano-aragonesas eran generadoras de fuertes convulsiones sociales, como ahora el caso del bandolerismo catalán, que es “un fenómeno estructural que dimana de las condiciones sociales y políticas. La vigencia de la guerra privada como derecho de los nobles y los señores es la explicación más lógica. Señores que medían su poder por el número de vasallos y fieles que movilizaban para resolver sus diferencias con otros señores, séquitos armados que no siempre se mantenían dentro de unos límites aceptados. En una palabra, el bandolerismo es posible porque no existe un poder centralizado fuerte”[14]. También J H Elliott sostiene que, en el siglo XV, “el poder efectivo [de Cataluña] fue cayendo en manos de la Generalitat. Pero ésta era el instrumento de una oligarquía cerrada y, aunque esta oligarquía insistía con creciente vehemencia en el carácter contractual de la constitución catalana, frente a una monarquía cada vez más autoritaria y cada vez más débil, se encontró con que su propia autoridad era puesta en entredicho por las clases inferiores”[15]. Esta decadencia del sistema catalano-aragonés (que, en un principio, siglos antes, podía considerarse portador de progreso) no es fruto sino de la implacable marcha de la Historia, que estaba dejando obsoletos a los sistemas de corte feudal, por mucho que quisieran disfrazarse de pactismo. Esto fue lo que llevó a Cataluña a la guerra civil de 1462-1467, que enfrentó la Generalitat contra la monarquía, así como a los terratenientes y nobles (que controlaban la Generalitat) contra los campesinos desposeídos (organizados, respectivamente, en la Biga y la Busca). Es decir, monarquía y pueblo catalán se unieron contra las élites dirigentes. La victoria de Juan II significó la derrota de las oligarquías dominantes pero, aun así, el nuevo rey juró preservar las leyes y fueros de Cataluña (es decir, los privilegios de las oligarquías y nobleza en detrimento del pueblo catalán). La misma concepción siguió teniendo, en el siglo XVI, Felipe II: “pues el pueblo no fue hecho por causa del príncipe, mas el príncipe instituído a instancia del pueblo”[16]. El rey debía defender a su pueblo de los enemigos del exterior “y dispensar justicia en el interior, ya que la esencia del buen gobierno residía en el hecho de que fuese un gobierno justo, en el que el rey recompensase al bueno y castigase al malvado y considerase que todos los hombres, fuese cual fuese su rango, debían gozar de la posesión inalienable de sus derechos y propiedades”[17]. Si Felipe II y otros monarcas españoles se castellanizaban era precisamente porque la constitución castellana favorecía la práctica de ese ideal, mientras que las constituciones de Aragón, Valencia y Cataluña lo dificultaban a favor de la nobleza y la aristocracia. La revuelta de Aragón de 1591-1592 se desarrolló en este contexto. Desde la mitad del siglo XVI, las tensiones entre vasallos y señores en Aragón se habían recrudecido. Los nobles aragoneses tenían libertad para dar a sus vasallos el trato que quisieran sin temor a la intervención del monarca y las Cortes de Monzón de 1585 aumentaron sus ya enormes poderes al decidir que todo vasallo que tomase las armas contra su señor era autonáticamente reo de muerte. [La única esperanza de los vasallos] de liberación definitiva parecía residir en el rey. Por consiguiente, hicieron grandes esfuerzos, durante el siglo XVI, para incorporarse a la jurisdicción real”[18]. Cuando estalló la guerra civil en el reino de Aragón, el pueblo no hizo caso de los gobernantes aragoneses para unirse y defender sus fueros y “libertades” (similares a las del Principado de Cataluña). Así, “los aragoneses no se mostraron inclinados a ofrecer resistencia a un ejército real que muchos de los campesinos veían incluso como un ejército de liberación, frente a la opresión aristocrática”[19]. Ya hemos comentado, en la nota 6, el caso de la guerra dels segadors, pero remarquemos que “si la rebelión escapab al control del gobierno, pronto escapó también de las manos de los dirigentes catalanes. En efecto, junto a la oposición política, que ellos representaban, se estaba produciendo una revolución social que no podían controlar. Desde el primer momento, los rebeldes [rechazaron el liderazgo de Barcelona y de su oligarquía]. Fue esta la rebelión de unos campesinos empobrecidos y sin tierra contra los campesinos propietarios y los terratenientes aristócratas, de los desheredados de las ciudades contra las oligarquías urbanas y de los grupos de los bandoleros reprimidos contra las fuerzas de la ley y el orden. Los líderes catalanes habían liberado a una fiera auténticamente salvaje y su país no tardó en ser presa de la guerra civil y de la revolución”[20].

            Añadir, además, que fue justamente con la abolición de los fueros catalanes en 1714 cuando Cataluña consolidó la recuperación de la crisis que iba arrastrando desde los siglos XV y XVI, al derrumbarse las fronteras comerciales con el resto de España y al poder participar de los beneficios del Imperio[21]. Ahora bien, ya se atisbaron momentos de recuperación anteriormente; no hay que pensar que Cataluña no fuera capaz de crear riqueza por sí misma[22]. De todas formas, es significativo que, hasta el siglo XIX, no hubo ninguna protesta por la derogación de los fueros. Es decir, los progresos económicos de Cataluña se dieron en el marco de la homogeneización política y económica de la nación española. Pero es que, además, la homogeneización tampoco fue absoluta: “Las estructuras regionales sólo se derogaron totalmente en Valencia, mientras que Mallorca conservó gran parte de sus instituciones. Cataluña y Aragón perdieron su abusivo código penal, pero conservando parte de sus ordenamientos jurídicos”[23]. Además, las reformas borbónicas “fueron beneficiosas desde el punto de vista socioeconómico, porque pusieron fin a ciertos residuos de feudalismo y en la mayoría de las casos favorecieron la situación del campesinado. El comercio circulaba con mucha mayor libertad por el país e Hispanoamérica sería posteriormente abierta, por primera vez, al comercio de toda España. Cataluña, que perdió gran parte de sus instituciones propias, también fue la región que más se benefició económicamente”[24].
            No hay que pensar, empero, que Castilla aportó todo lo bueno a la España unificada primero dinásticamente y, después, nacionalmente. Cataluña y los reinos de la Corona de Aragón proporcionaron a Castilla “preciosas aportaciones que ayudaron a llevar a cabo la mayoría de sus nuevas oportunidades. La historia de España de finales del siglo XV y de principios del XVI iba a consistir en un continuo y fructífero diaólogo entre la periferia y el centro, entre Aragón y Castilla (…). [La Corona de Aragón aportó] unas vastas reservas de experiencia que demostraron ser de un valor inapreciable para la organización y administración de los territorios recién conquistados”[25]. En efecto, Cataluña y los reinos aragoneses eran muy hábiles en las tareas administrativas y diplomáticas, lo cual resultaría de un valor incalculable para las empresas españolas de los siglos XV y XVI. Hubo también otras aportaciones. Por ejemplo, los reinos catalano-aragoneses aportaron su experiencia colonial y comercial de la cual Castilla se benefició para la conquista de América. De hecho, todos los territorios de la península colaboraron de alguna manera en esta empresa[26].
 Las coronas de Castilla y Aragón se complementaban mutuamente. España no seria lo que hoy es de no ser por Castilla; pero tampoco de no ser por Cataluña.

            Hay que recordar, además, que aunque sí es cierto que (lógicamente) los catalanes tuvieron sentimiento de pertenencia a una comunidad, incluso Patria, catalana, también se sentían parte de España (lo cual no se contradecía con la hostilidad hacia Castilla). Esto puede verse tanto en los documentos legados por los cronistas reales o los propios reyes (incluyendo el famoso Jaume I, que dijo que luchaba por Dios y por España) como por los literatos de los sucesivos siglos. Los catalanes, tanto desde los tiempos de la Reconquista como después de 1714, se consideraban españoles, y desde siempre acometieron las grandes empresas en connivencia con el resto de España, especialmente a partir de la época de los Reyes Católicos, si bien hasta el siglo XVIII era algo habitual la tendencia a poner los propios intereses por encima del bien común, algo que la revolución liberal palió en buena medida.
Cataluña y el resto de España siempre colaboraron, pese a puntuales confrontaciones (cosa que no era rara en la época). Dice el mismo Vicens Vives que, desde el siglo XV, “Cataluña no fou mai abandonada ni arraconada”[27]. En efecto, “el regnat de Ferràn II comporta un fet importantíssim en la vida de la Corona d’Aragó: la seva vinculació a la Corona de Castella”. La inicial dispersión espiritual de los pueblos hispánicos se transformó en “una altra mena d’experiència comunitària, que es recolzava en el sentit de la mateixa brega contra els musulmans i en la multiplicació dels contactes culturals i mercantívols (…). A més, sorgí en el segle XV un fenómen que acabaria de lligar estretament aquestes noves fórmules de convivència hispànica: l’humanisme. El revifament de la consciència unitària des del doble punt de vista geogràfic i polític prengué sobre les cendres dels vells records, tant a Catalunya com a Castella”. Además, por tal que Cataluña y Aragón pudieran hacer frente a los franceses, “calia comptar amb l’aportació massiva de les forçes castellanes als Pirineus (…). Molta gent parlava d’Espanya en referir-se a Catalunya o Castella, indistintament”[28]. Pero Vicens Vives no termina ahí: “respecte dels catalans, la unió monàrquica [dels Reis Catòlics] no fou gens mal rebuda. Existia el que podriem anomenar un sentiment de confraternitat envers Castella nascut al caliu de les relacions mercanítvoles. Bascos i andalusos freqüentaven el port de Barcelona i hi eren els traginers de la mar. A Barcelona arribaven carregaments de blat andalús en moments de privació de forments. També es somniava el mercat de Sevilla, on des del segle XIII una colònia catalana lluitava contra la genovesa en la vida comercial. Per això és comprensible que els consellers de Barcelona, adreçant-se a les autoritats sevillanes, encapçaléssin una carta amb l’expressió: Ara que tots som germans (…). Castella representava llavors per a Catalunya la seguretat i la pau, i els catalans no vacil·laven a adreçar les cartes a Ferràn II titulant-lo rei d’Espanya (…) sobretot des de la presa de Granada”[29]. Así pues, nunca hubo una confrontación entre Cataluña y España: Cataluña siempre estuvo insertada en España, se sentía parte de ella y los eventuales roces entre Cataluña y Castilla (que los hubieron) lo fueron entre estas dos regiones, nunca fueron luchas de Cataluña contra España, que no era otra cosa que el conjunto de las regiones y reinos. Baste mencionar la Guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas, cuando los catalanes fueron los primeros en luchar por la defensa de “España, del rey y de la Patria”, quitando las banderas francesas y alzando las banderas españolas en las mismas tierras catalanas[30]. González Antón nos explica diversos episodios a lo largo de los siglos de cómo Cataluña colaboró con el resto de España y viceversa. Por seguir poniendo ejemplos, en 1891 se promulga un arancel proteccionista “que permitió a Cataluña consolidarse como la primera zona industrial española a costa del sacrificio del resto del país”[31]; anteriormente, en 1877, se promulgó una Ley de Ferrocarriles, y con el consecuente desarrollo de la red ferroviaria, “los gobiernos [de España] privilegiaron claramente la [zona] del Nordeste (Cataluña)”[32]. Estos son sólo algunos ejemplos que indican por qué, a lo largo de los siglos, los catalanes se han sentido españoles, aunque, obviamente, ha habido tiempos en que estos sentimientos se resquebrajaron, como en la guerra de 1640-1652. Pero, aun después de la Guerra dels Segadors, hubo dirigentes catalanes “tractaven de vincular la pàtria catalana a la nació espanyola”[33].

Es decir, que esta idea propugnada por el nacionalismo catalán a lo largo de más de siglo y medio según la cual España lleva trescientos años expoliando a Cataluña es, simple y llanamente, mentira. ¿Habría sido más rica Cataluña de no haber formado parte de España? El caso es que Cataluña ha llegado donde ha llegado porque ha formado parte de España y, pese a quien le pese, desde tiempos antiguos se ha sentido parte de ella. Y esto, aun en 1861 (y algo más adelante), ningún catalán lo negaba, como decía el catalán Pons i Fuster: “Som espanyols fins al darrer sospir, fins a l’últim sacrifici. Més també som catalans; volem ser-ho, nos gloríem de ser-ho; no podem deixar de ser-ho…Som espanyols per a servir l’Estat i saber morir, quan convé, per la Reina i sa bandera”[34]. El catalanista Víctor Balaguer, que era firme defensor (como muchos catalanes hasta esa época) de la inmersión cultural castellano-catalana, por considerarla sumamente enriquecedora, decía en 1880, durante los Juegos Florales: “[soy] catalán de corazon y raza.Y al gritar Valencia y Cataluña, pretendo decir siempre Viva España[35]. Hay que señalar también que, desde las provincias castellanas, había una defensa de las culturas regionales. Esto queda patente en hechos como el de los Juegos Florales de 1888, en los cuales la reina regente de España, el presidente Sagasta y el erudito conservador Menéndez Pelayo pronunciaron discursos en catalán. Menéndez Pelayo, en concreto, hizo una apasionada defensa de la lengua catalana y expresaba su admiración hacia aquellos literatos catalanes que escribían en su lengua materna. ¿Esto es genocidio lingüístico y cultural?

Este es el espíritu de todos los catalanes hasta bien entrado el siglo XX. El rencor hacia España y las posiciones embrionariamente independentistas no nacen hasta finales del XIX, llegando a calar su discurso en las clases populares en el primer tercio del XX con argumentos, como estamos viendo, falaces. De todas formas, lo que interesa aquí es dejar constancia que este maniqueismo Cataluña/Castilla-España no fue sentido por los catalanes a lo largo de la historia, y que “el catalanismo político era una cosa misérrima cuando en la primavera de 1893 inicié mi actuación, escribe Cambó. En su Resum d’història del catalanisme, Rovira corrobora que “había unos cuantos catalanistas en Barcelona y algunos otros escampados por las comarcas. Se podían contar. Muchas villas tenían un solo catalanisa; otras ninguno”.[36]

            ¿Y los famosos Decretos de Nueva Planta? ¡Ah, los Decretos de Nueva Planta! El historiador catalanista Vicens Vives señaló que el Decreto de Nuevo Planta significó un desescombro y que hecho abajo un régimen arcaico y anquilosado de fueros y privilegios[37], y Voltes Bou dice: “el derecho y la lengua no sufrieron entonces especiales agresiones. (…) [se puso coto] al imperio absoluto que señores de neto estilo feudal ejercían en extensas porciones del suelo catalán”[38]. La Nueva Planta no sólo no supuso una marginación para la lengua catalana, puesto que lo único que hacía era imponer el castellano en las Audiencias Reales, no a costa del catalán, sino del latín (“mientras en los demás tribunales se podría seguir empleando el catalán-valenciano”[39]), sino que benefició al conjunto de la sociedad catalana, como hemos mencionado antes. Y, en efecto, la gente de la calle siguió hablando catalán, y los literatos catalanes tenían plena libertad de escribir sus obras en catalán. El castellano, empero, había penetrado en Cataluña. ¡Pero es que había penetrado mucho antes, debido al impresionante empuje y perfeccionamiento del castellano ya desde el siglo XV! Muchos literatos catalanes, y hay textos que lo acreditan, preferían el castellano a su lengua materna. Nunca hubo una imposición social del castellano (aunque sí se promovió su conocimiento por toda la nación), sino que se usaba –fuera de las Reales Audiencias- por decisión propia y libre de los catalanes cultos[40]. Tampoco hubo nunca jamás una prohibición del catalán, pues el Decreto sólo imponía la normalización del castellano en tierras catalanas[41].

            Desde 1714, se empezó a construir el Estado nacional español, con las ya mencionadas ventajas para Cataluña y otras tierras. El Absolutismo, si bien introdujo progresos sociales y políticos, no pudo desembarzarse de los nobles y oligarcas contra los que luchó ya desde los tiempos de los Reyes Católicos, y fueron los liberales los que continuaron la tarea de construcción de un Estado nacional, con la colaboración, una vez más, de todas los reinos (ahora llamados Provincias), incluída Cataluña. El historiador catalanista Ferràn Soldevila reconoce, en la III parte de su Història de Catalunya, que la Junta General de Cataluña se manifiesta desde el primer momento radicalmente a favor de la unidad legislativa nacional: el catalán Solsona profirió: “La igualdad es el distintivo de la justicia. Así que la razón exige que todos se gobiernen por unas mismas leyes”[42].

            Debemos recuperar una unidad histórica, espiritual y sincera, e imprimirla en el espíritu de todos los españoles, animado con un ánimo de cooperación, retomando el espíritu nacional de la Constitución de 1812 que, en Cádiz, consiguió empezar a enterrar efectivamente las hostilidades entre Cataluña y Castilla Ahora bien, dicho espíritu globalizador inclusivo ya se daba desde hacía siglos por parte, incluso, de catalanes, que aun después de la guerra dels segadors “tractaven de vincular la pàtria catalana a la nació espanyola”[43]. La pluralidad cultural de España es una de las mejores bazas de nuestra patria. No la perdamos en anacrónicas hostilidades, y recordemos siempre que España no seria lo que es hoy sin Cataluña; Cataluña tampoco seria lo que es hoy sin el resto de España. Y no sólo cabe cooperar en el plano económico y político; también en el cultural. Hay que tender hacia la universalización peninsular de las culturas españolas: conseguir que madrileós, extremeós, andaluces, etc disfruten de la literatura catalana, dels castellers i els bastoners, así como que todos los catalanes lleguen a emocionarse con las coplas o a sentir el Quijote como algo no sólo castellano, sino también suyo. Debe llegar el día que Cataluña entera grite ¡Visca Espanya!; debe llegar el día que toda España grite ¡Viva Cataluña!


¡Vivan todas las tierras de España!


[1] Maravall dice: “no es necesario, ciertamente, esperar a la influencia en España de la invasión sarracena para que la cultura española aparezca marcada, en relación con la de los otros pueblos, por un sello de peculiaridad cuya revelación produce en los demás una impresión de extrañeza” MARAVALL, JOSÉ ANTONIO (1964) El concepto de España en la Edad Media, Madrid, P 158
[2] GONZÁLEZ ANTÓN, LUIS (2007) España y las españas, Ed. Alianza, pp 106-110 y 114-122 Algunos ejemplos: el catalán Turell dice: “molta obligació es posada als cavallers e homens de honra saber son principi e.l de sa patria”. El mismo Turell y el también catalán Tomich dicen: “La religión cristiana fue expulsada de nuestra patria, invadiendo España la impiedad de los ismaelitas, las sedes destruidas, cautivadas de la patria”. Estos textos, como muestran ANTÓN y DOMÍNGUEZ ORTIZ en su libro España. Tres milenios de historia, son una constante en todo el período medieval, y siguen hasta bien avanzada la Edad Moderna.
[3] BALCELLS, ALBERT (2004) Breve historia del nacionalismo catalán, Ed. Alianza, pp 12-13
[4] “En la Cataluña en ciernes la conciencia de continuidad estaba tan arraigada como en Asturias y así se proclamaba a veces enfáticamente, ya que al principio era frecuente que los miembros de la élite catalana se consideraran gothi” PAYNE, STANLEY G (2009) España. Una historia única, Ed. Temas de hoy, P 136
[5] SOBREQUÉS CALLICÓ, JAUME (1991) El pactisme en l’origen de la crisi política catalana: les corts de Barcelona de 1413, en Les Corts à Catalunya (Actes del Congrés d’història institucional), Barcelona, pp 79-85
[6] Significativamente, els segadors de 1640, que protestaban no sólo por los abusos de las tropas sino también contra los abusos de las oligarquías que dominaban Cataluña merced a las abusivas e injustas instituciones de origen medieval, se alzaron al grito de “Visca el rei d’Espanya!” Ver GONZÁLEZ ANTÓN, op. Citada, pp 259-273 y ANTONI SIMÓN I TARRÉS (2005) Construccions polítiques i identitats nacionals. Catalunya i els orígens de l’estat modern espanyol, Ed. Abadia de Montserrat, pp 221-222. Ver también VACA DE OSMA, JOSÉ ANTONIO (2004) El Imperio y la leyenda negra, Ed. Rialp, P 139, donde también dice: “Historiadores como Reglá y Jover dicen que aquellas jornadas fueron de carácter social, antiburgués, antiaristocrático, pero en modo alguno de carácter secesionista”. En efecto, la rebelión contra Espanya fue realizada más por las élites y oligarquías dominantes que por el pueblo catalán. Payne también apunta hacia esa dirección: “Los conflictos separatistas que estallaron en Portugal y Cataluña en 1640 no fueron en ningún caso luchas patrióticas concertadas, ya que ambos comportaban procesos de guerra civil interna” PAYNE, STANLEY G op. citada, P 171.
Hay que tener en cuenta, además, que los conflictos entre soldados y campesinos no se limitaba a los soldados castellanos y los campesinos catalanes; era un problema global fruto de las diferencias y distanciamientos por razón de jerarquía y estamento que el liberalismo barrería siglos después. Ver J H ELLIOTT (1972) La España imperial. 1469- 1716, Ed. Vicens Vives, P 320
Ahora bien, tampoco hay que ver 1640 como un episodio que nada tiene que ver con un conflicto entre Cataluña y Castilla, pues es obvio que representa una clásica rivalidad que oscureció las relaciones interespañolas a lo largo de los siglos bajomedievales y altomodernos, que cristalizaron en dicha revuelta. Ver SIMÓN I TARRÉS, op. citada, pp 203-398 y  ELLIOTT, op. citada,  pp 371-380. También es cierto que, después de la revuelta de 1640, los catalanes y aragoneses se interesaron más por las cuestiones globales hispánicas, interés promovido por la inclusión de catalanes (y de individuos del resto de provincias) en el Gobierno español. Ver ELLIOTT, op. citada, P 392 y pp 403-404
[7] GONZÁLEZ ANTÓN, op. citada, P 166
[8] PAYNE, op. citada, P 156
[9] Ibidem, P 171
[10] Ibidem, P 158
[11] Ibidem, P 163
[12] ELLIOTT, op. citada, P 77
[13] Ibidem, pp 81-82
[14] JESÚS BRAVO, Polarización y tensiones sociales, en VVAA (2004) Historia de España en la Edad Moderna (Aldredo Floristán coord.), Editorial Ariel, P 429
[15] ELLIOTT, op. citada,  P 35
[16] Instrucciones del Felipe II al virrey de Nápoles en 1558, citado por ELLIOTT en op. citada, P 269
[17] ELLIOTT, op. citada, pp 269-270
[18] Ibidem, pp 301-302
[19] Ibidem, pp 305-306
[20] JOHN LYNCH (2000) Los Austrias, Ed. Crítica, P 533
[21] González Anton dice: “Los decretos de 1757 y 1756 sobre libre circulación de granos y otras mercancías supusieron ventajas inmediatas, sobretodo para las zonas mediterráneas; en Cataluña, la mejora de las condiciones de vida de los payeses por la desaparición de los viejos fueros dio como resultado explotaciones agrarias mucho más dinámicas, animadas por la ampliación del mercado”. Op. Citada, P 313
[22] “La lenta recuperación de Caaluña [en el siglo XVII] (…) fue el preludio de la más importante transformación económica en la historia moderna de España. El dominio económico de España se desplazaba del centro hacia la periferia”. ELLIOTT, op. citada, P 403
[23] PAYNE, op. citada, pp 211-212
[24] PAYNE, op. citada, P 212
[25] ELLIOTT, op. citada, P 40
[26] Ibidem, pp 53-54
[27] VICENS VIVES, JAUME (1988) Els trastámares. Segle XV, Editorial Vicens-Vives, P 237
[28] Ibidem, pp 234-235
[29] Ibidem, P 238
[30] Ver GONZÁLEZ ANTÓN, op. citada, pp 335-336
[31] GONZÁLEZ ANTÓN, op. citada,P 392
[32] Ibidem, P 393
[33] SIMÓN I TARRÉS, op. citada, P 367
[34] Citado por GONZÁLEZ ANTÓN, op. citada, P 376
[35] Citado por GONZÁLEZ ANTÓN, op. citada, P 418 (nota 20)
[36] Citado por CAPDEFERRO, Otra historia de Cataluña, P 487
[37] GONZÁLEZ ANTÓN, op. citada, P 291
[38] VOLTES (1991) Felipe V, fundador de la España Contemporánea, Ed. Espasa Calpe, P 80
[39] GONZÁLEZ ANTÓN, op. citada, P 310
[40] Ver GONZÁLEZ ANTÓN, op. citada, pp 310-312
[41] Ver FERRAN SOLDEVILA (1995) Historia de España. Volumen II, Ed. Crítica, P 442
[42] Citado por GONZÁLEZ ANTÓN en op. citada, P 344
[43] SIMÓN I TARRÉS, op. citada, P 367

Cristianismo en el inconsciente ateo: la Historia cristiana secularizada en Marx



¿Hasta qué punto pudo la modernidad, armada con el arrogante racionalismo que pretendía comprender todo cuanto existía a la vez que negaba la existencia de aquello que no podía comprender, alejar al hombre de la doctrina cristiana que pretendía combatir? ¿Hasta qué punto pudo desprenderse la cultura moderna del influjo religioso de la Edad Media? Estas preguntas, de ámbito demasiado extenso y de problematización tan acentuada como para ser tratadas en este pequeño texto, son la punta de base de una reflexión personal sobre la deuda de toda nuestra cultura respecto al cristianismo, deuda que llega, a mi modo de ver, hasta uno de los más fervientes negadores del cristianismo: Karl Marx.  

El historicismo marxista presenta un paralelismo casi absoluto con el historicismo judeo-cristiano. El inicio de la Historia tiene lugar, en la tradición judeo-cristiana, en el momento en que Adán y Eva son expulsados del jardín del Edén y deben empezar a obtener sus medios de vida mediante el trabajo: “con dolor comerás su producto [del suelo]  todos los días de tu vida. Y espinos y dardos hará crecer para ti, y tienes que comer la vegetación del campo. Con el sudor de tu rostro comerás pan hasta que vuelvas al suelo, porque de él fuiste tomado”[1]. Huelga decir que Marx tomaba el mismo punto de partida a la luz del darwinismo: el hombre se diferencia del animal en el momento en que produce sus medios de vida, es decir, lo que individualiza al hombre dentro del reino animal es el trabajo, y el inicio de la Historia es el momento de la manifestación del trabajo[2]. En ambas doctrinas, además, el comienzo de la Historia supone el inicio de los conflictos: para Marx todo conflicto humano proviene de la propiedad privada, que implica la lucha de clases[3]; para el cristianismo, del pecado originario de Adán[4]. Ambas doctrinas, además, recogen la idea de una edad anterior (muy presente, por otra parte, en casi todas las tradiciones occidentales) idílica: el jardín del Edén del Antiguo Testamento y la organización social colectivista de las sociedades primitivas[5].

            En el judeo-cristianismo, y hasta la llegada de Cristo, el pueblo judío desfilará por la Historia como pueblo oprimido a la vez que como pueblo elegido por Yhavé, cuyos sufrimientos van encaminados hacia la satisfacción de su Dios y son soportados con la esperanza de la llegada de un Mesías. Con un notable paralelismo, los esclavos y los siervos de la gleba de la Historia son tratados en el marxismo como los oprimidos que luchan contra las clases poseedoras para defender sus intereses como clase o estrato social. Hay una oposición entre judíos y gentiles; entre desposeídos y poseedores. Todos, sea espiritualmente, sea socialmente, luchan para alcanzar un futuro mejor (celestial o terrenal), siendo su propio interés y su propia concepción de la justicia el fin último de su redención. Mas, en ambas doctrinas (cristiana y marxista) algo cambia en cierto momento histórico. Cristo sustituye la redención del pueblo judío por la redención de toda la humanidad[6]; el proletariado surgido de las entrañas de la sociedad industrial capitalista sustituye los intereses de clase por los intereses de toda la humanidad[7]. Curiosamente, cuanto mayor es el sufrimiento de Cristo y del proletariado, mayor sentido tiene su misión redentora, puesto que la concentración de miseria hace del proletariado el representante de los anhelos de igualdad y justicia del hombre, mientras que la pasión y muerte de Cristo hace de él el redentor espiritual del hombre. Así, tanto Cristo como el proletariado son el elemento redentor de toda la humanidad.
            En los años posteriores a la muerte de Cristo y a la aparición del proletariado llegan tiempos en los que los cristianos esperan la segunda venida de Cristo y los proletarios la llegada del proletariado como entidad colectiva a la conquista del poder del Estado. Ambos realizarán una obra universal: disponer una vida ideal para los buenos y castigar a los malos. Esto tiene lugar en el Apocalipsis y en la dictadura del proletariado, ambos caracterizados por su carácter redentor y de castigo y por su lejanía en el tiempo (sea cuando sea su tiempo, aun no ha llegado). Después de estas etapas de transición, llegarán el reino de Dios o la sociedad comunista.

El relativismo marxista es su propia contradicción. Marx y Engels creían que la moral, el bien o la justicia eran relativos a los modos de producción imperantes en cada época histórica determinada, y estaban determinados por la ideología de la clase social que detentara el poder en esa misma época. Así, no hay un Bien ni una Verdad absolutos[8]. Esto entra en contradicción con el hecho de que se establezca una predicción pretendidamente científica[9] de un estadio final de la Historia, una situación necesaria a la que los sucesos históricos llevan inevitablemente. Este carácter de necesidad, de absoluto, heredado de la filosofía de Hegel, es la autocontradicción más pasmosa de la doctrina marxista: la verdad es relativa, pero al final de la Historia hay una verdad necesaria y que ya no cambiará, una verdad definitiva que recuerda al Absoluto de Hegel: “El comunismo como superación positiva de la propiedad privada en cuanto autoextrañamiento del hombre, y por ello como apropiación real de la esencia humana por y para el hombre; por ello como retorno del hombre para sí en cuanto hombre social, es decir, humano; retorno pleno, consciente y efectuado dentro de toda la riqueza de la evolución humana hasta el presente. Este comunismo (…) es la verdadera solución del conflicto entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre, la solución definitiva del litigio entre existencia y esencia, entre objetivación y autoafirmación, entre libertad y necesidad, entre individuo y género. Es el enigma resuelto de la historia y sabe que es la solución”[10]. Engels, empero, parece haberse dado cuenta de esta contradicción, pues dice que “superadas todas las contradicciones de una vez y para siempre, hemos llegado a la llamada verdad absoluta, la historia del mundo ha terminado, y, sin embargo, tiene que seguir existiendo, aunque ya no tenga nada que hacer, lo que representa, como se ve, una nueva e insoluble contradicción”[11]. Es por ese carácter de veracidad absoluta por lo que Marx creía totalmente lícita la violencia contra el orden burgués y la represión contra los burgueses (si era necesario con la muerte), ya que el comunismo es, en la doctrina marxista, un reino de Dios terrenal, material. Asimismo, en la segunda venida de Cristo, “cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder”[12].

Para Marx, las condiciones materiales concretas determinan al hombre en cada época determinada. Es decir, el hombre vive de una u otra forma según cómo produce y cómo distribuye la producción. Si los obreros son los grandes miserables de la época capitalista no es sólo porque hacen casi todo el trabajo, ni porque se les sustrae la plusvalía, sino también porque no tienen acceso a la producción generada por su propio trabajo. Así, el sentido de la bondad del comunismo es la disposición de toda la producción en manos de la sociedad entera. Esta concepción tiene sus raíces más profundas en la ciudad de Dios que aparece en la Bíblia. La ciudad de Dios, es decir, su reino instaurado después del Apocalipsis, es una ciudad espiritual en la que sus habitantes disfrutarán de la vida eterna en Dios. El sentido de la bondad del reino de Dios es precisamente esa vida eterna. No se socializan los productos, porque ya no hay productos que socializar, pues no hay materia; sólo espíritu. Así, lo único que se socializa es la vida, la vida en Dios generadora de absoluta bondad, justicia, igualdad y amor. Así, el pasaje bíblico que habla del reino de Dios y dice “al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida”[13], es el modelo espiritual y celestial de la sociedad futura que imaginaba Marx.

El marxismo, pues, se encuadra absolutamente dentro de la tradición occidental, alimentada toda ella por el cristianismo. Los valores cristianos prevalecen en todas las doctrinas políticas, sociales y morales de Occidente, con independencia de la religiosidad o ateísmo de cada una de ellas. La única ideología que el hombre considera el mal absoluto es el nazismo, y es precisamente porque es la negación más radical del cristianismo. Marx renegó formalmente del cristianismo, mas siguió orientado por los valores morales de la tradición judeo-cristiana. Hitler, en cambio, renegó esencialmente del cristianismo. Ya no se buscaba ni (como mínimo) se veía como algo deseable la comunión del género humano mediante la política, la religión o cualquier otro medio, sino que se buscaba la dominación de unos hombres sobre otros, y se establecía la desigualdad esencial del género humano. Eso es lo que diferencia al fascismo y, muy especialmente, al nazismo del resto de tradición occidental: la negación de un nexo de unión entre todos los hombres por el simple hecho de pertenecer al género humano, idea aportada por la Ilustración. Idea que no es otra cosa que la secularización de la idea cristiana según la cual todos los hombres son hijos de Dios y, por tanto, todos somos esencialmente iguales. La pérdida de esta verdad, sea secular, sea religiosamente, implica la autopérdida del ser humano.

[1] Génesis, 3: 18-19
[2] “El hombre mismo se diferencia de los animales a partir del momento en que comienza a producir sus medios de vida” Marx y Engels, La ideología alemana, en Juan del Turia (1977) Temática del marxismo, Ed. Cinc d’Oros, P 35
[3] “Toda la historia de la sociedad humana, hasta el día, es una historia de lucha de clases”. Marx y Engels (1996) Manifiesto Comunista, Ed. Alba, P 51
[4] “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” Romanos 5:12  El pecado es la manifestación del mal, y el mal es la esencia de todo conflicto, el substrato objetivo que sustenta todo lo negativo.
[5] “Al disolverse esas comunidades primitivas [colectivistas] es cuando comienza a escindirse la sociedad en clases especiales, enfrentadas las unas con las otras” Marx y Engels, op. cit., P 51 (nota al pie)
[6] “¿Es Dios solamente Dios de los judíos? ¿No es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles. Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión. ¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley.” Romanos, 3:29-31
[7] “La revolución le lleva al Poder [al proletariado]; mas tan pronto como desde él, como clase gobernante, derribe por la fuerza el régimen de producción, con éste hará desaparecer las condiciones que determinan el antagonismo de clases, las clases mismas, y, por tanto, su propia soberanía como tal clase” Marx y Engels, op. cit., P 79  Es decir, con el triunfo del proletariado ya no habrá dominio de clase, sino que reinará la Igualdad y la Justicia entre todos los hombres.
[8] “El que en este terreno [el del conocimiento de la sociedad y la historia] quiera salir a la caza de verdades definitivas de última instancia, de verdades auténticas y absolutamente inmutanles, conseguirá poco botín, como no sean trivialidades y lugares comunes de lo más grosero” Friedrich Engels (1968)  Anti-Dhüring, Ed. Juan Gribaldo, P 78. También dice: “¿Cuál es la [moral] verdadera? Ninguna de ellas, en el sentido de validez absoluta y definitiva; pero sin duda la moral que posee más elementos de duración es (…) la moral proletaria. […] Rechazamos, por tanto, toda pretensión de que aceptemos la imposición de cualquier dogmática moral como ley ética eterna.” Engels, op. citada, pp 82 y 83
[9] Hay que recordar que Marx y Engels llamaron a su doctrina socialismo científico, y la ciencia busca verdades necesarias y universales en sus respectivos campos. Así, el relativismo radical del marxismo entra en contradicción absoluta con su escatología cientificista, pues se afirma una Verdad surgida de verdades relativas.
[10] Karl Marx (2007) Manuscritos de economía y filosofía, Ed. Alianza, P 139
[11] Friedrich Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, en Marx y Engels, Obras Escogicas. Tomo II, Ed. Fundamentos, P 384 Por otra parte, Engels también se dio cuenta de las similitudes histórico-sociales entre el cristianismo primitivo y el socialismo moderno. Ver Engels, Contribución a la historia del cristianismo primitivo, en Juan del Turia, op. Citada, pp 75-76
[12] Tesalonicenses II, 1: 7-9
[13] Apocalipsis, 21:6