diumenge, 17 de febrer de 2013

Reflexiones poéticas (con Espronceda): la muerte

CANCIÓN DE LA MUERTE (ESPRONCEDA)


Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno encuentra el hombre
un término a su pesar.
Yo, compasiva, te ofrezco
lejos del mundo un asilo,
donde a mi sombra tranquilo
para siempre duerma en paz.

Isla yo soy del reposo
en medio el mar de la vida,
y el marinero allí olvida
la tormenta que pasó;
allí convidan al sueño
aguas puras sin murmullo,
allí se duerme al arrullo
de una brisa sin rumor.

Soy melancólico sauce
que su ramaje doliente
inclina sobre la frente
que arrugara el padecer,
y aduerme al hombre, y sus sienes
con fresco jugo rocía
mientras el ala sombría
bate el olvido sobre él.

Soy la virgen misteriosa
de los últimos amores,
y ofrezco un lecho de flores,
sin espina ni dolor,
y amante doy mi cariño
sin vanidad ni falsía;
no doy placer ni alegría,
más es eterno mi amor.

En mi la ciencia enmudece,
en mi concluye la duda
y árida, clara, desnuda,
enseño yo la verdad;
y de la vida y la muerte
al sabio muestro el arcano
cuando al fin abre mi mano
la puerta a la eternidad.

Ven y tu ardiente cabeza
entre mis manos reposa;
tu sueño, madre amorosa;
eterno regalaré;
ven y yace para siempre
en blanca cama mullida,
donde el silencio convida
al reposo y al no ser.

Deja que inquieten al hombre
que loco al mundo se lanza;
mentiras de la esperanza,
recuerdos del bien que huyó;
mentiras son sus amores,
mentiras son sus victorias,
y son mentiras sus glorias,
y mentira su ilusión.

Cierre mi mano piadosa
tus ojos al blanco sueño,
y empape suave beleño
tus lágrimas de dolor.
Yo calmaré tu quebranto
y tus dolientes gemidos,
apagando los latidos
de tu herido corazón.


Imagen sosegante y, en cierta manera, liberadora nos da en este magnífico poema el genio español José de Espronceda. En efecto, la muerte es presentada como un fin al que no hay que temer, pues nos dará paz y descanso, lejos del dolor que sufrimos en el (en ocasiones) valle de lágrimas que es la vida.

Además, la muerte es presentada como un enigma ("la ciencia enmudece") que es, en su mismo, su propia solución ("enseño yo la verdad"). En efecto, que la ciencia no pueda explicar algo no significa que no tenga sentido o que no sea explicable ni, mucho menos, que no encierre ninguna verdad. Y la muerte justamente encierra la verdad de la fugacida de la vida, es decir, la intrínseca temporalidad de la vida que, con la muerte, termina y llegamos así a lo que hay fuera de la temporalidad y la materia: la eternidad.

La muerte nos libra de todos los males de este mundo, de todas sus mentiras y mezquindades, y es al mismo tiempo vehículo para reunirnos con Dios y, al mismo tiempo, con nuestros seres queridos que nos precedieron en el último viaje.

La muerte, tema siempre actual y atávico de la condición humana.


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