dijous, 25 d’octubre de 2012

La filosofía de Miguel de Unamuno

Don Miguel de Unamuno es, sin ningún género de dudas, uno de los mayores filósofos españoles, y no sería osado aventurar que podría situarse entre uno de los espíritus universales más profundos. Espíritu crítico donde los haya, Unamuno supo tener fuertes convicciones sin casarse con nadie. Su trayectoria, además, está llena de giros intelectuales: de la religiosidad de niñez al positivismo de juventud, de éste al cristianismo a ultranza; de sus simpatías por la izquierda a su apoyo al Alzamiento Nacional, y de éste al enfrentamiento con Millán Astray que le costaría un confinamiento residencial en el cual moriría.

Sin embargo, la filosofía de Unamuno alcanzó un punto de madurez en el que, con sus vaivenes intrínsecos de su fuerte y compleja actitud intelectual, cristalizó su larga andadura espiritual. Su filosofía, decía, se encuentra explicitada parcialmente en diversas obras, tanto en las propiamente filosóficas (especialmente en Vida de don Quijote y Sancho y también La agonía del cristianismo) como en las poéticas (Rosario de sonetos líricos) o novelísticas (Niebla), mas la mayor exposición de su pensamiento está en el libro Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, conocida popularmente con el nombre abreviado de Del sentimiento trágico de la vida. Este libro, publicado en 1913, gira todo él en torno a una cuestión fundamental: la experiencia de la caducidad frente a la eternidad como elemento central de la creencia en Dios.

La fe y la razón están en lucha permanente y quieren absorberse una a otra, pues cada cual tiene carencias que la otra puede complementar: la fe quiere hacerse comprensible y reducir la razón a instrumento, y la razón quiere refutar a la fe y monopolizar la confianza del hombre. Sin embargo, para Unamuno estas dos tendencias opuestas no pueden resolverse en una suerte de síntesis hegeliana ni a la manera de los escolásticos de la Edad Media: la esencia del sentimiento trágico de la vida es esa misma lucha entre fe y razón, y la esencia de esta lucha es el ser irresoluble, permanente. “La tragedia es perpetua lucha sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción”. ¿Debe el hombre decantarse por la fría razón, que pretende hacérselo comprender todo sin darle un atisbo de esperanza de salvación post-mortem? O debe decantarse por la fe, que no puede explicar el qué del mundo, pero que le da un pleno y esperanzador para qué? Lo importante no es tanto saber exactamente, es decir, racionalmente, dónde estamos, sino saber por qué y para qué estamos en el mundo.
Así, Unamuno hace de la tercera antinomia de la razón pura expuesta por Kant (la colisión insuperable de la finalidad y el mecanicismo, es decir, entre la valoración anímica del corazón y la percepción fenoménica de la razón) y de la guerra intestina entre la razón y las pasiones de Pascal, el eje central de su filosofía. Cuando se llega al fondo del abismo, puede quedar una fe con atisbos de duda y una razón que hace concesiones a la fe. Mas la lucha no termina por eso, y Unamuno vive esta lucha constante y apasionadamente.
Y esta lucha tiene lugar en la conciencia del hombre de carne y hueso, que es el elemento del que debe partir, a juicio de Unamuno, todo pensamiento. No el hombre abstracto, sino el individuo, ese ser expósito arrojado al mundo sin haber mediado decisión propia alguna, pero el cual se siente (y es) libre en ese mundo en el cual vive. Y esa libertad debe ejercerse sin ataduras, sin sumisiones.El hombre (el individuo) debe realizarse a sí mismo, es decir, hacerse, producir en su yo real el yo imaginario que habita dentro de él. Y este yo imaginario que debe devenir yo real no puede quedarse en su simple realización temporal, sino que debe aspirar a la inmortalidad, a la perpetuación de su nombre y su ser no sólo en las conciencias terrenales de los otros hombres, sino también en Dios. Dios es el saciador del hambre de inmortalidad que siente todo hombre (todo individuo).

Unamuno, además, siendo miembro de la Generación del 98, tuvo la regeneración de España como una cuestión fundamental de su pensamiento, pero su ímpetu le llevó a algo más: la tarea trágica (por cuanto era para él tan obligada como imposible) de españolizar Europa, de llevar la cultura española más allá de sus fronteras, a “colonizar” las mentes europeas (no para adoctrinar dogmáticamente, sino para hacer reflexionar) haciendo, antes, a España más espiritual y menos materialista. El ejemplo a seguir para Unamuno está en el inmortal don Quijote, que lucha por amor a su sin par Dulcinea del Toboso, contra todos aquellos que lo creen loco, puesto que él cree lo que su corazón le muestra. No importa que Quijote sea un ente de ficción, puesto que lo que importa es que sea. ¿Acaso es más real Cervantes que Quijote? De quién sabemos más? Quién nos ha hecha reír, llorar y, en definitiva emocionarnos? La pluma de Cervantes o las acciones de don Quijote? Cervantes creó a Quijote, mas fue éste el que inmortalizó a Cervantes. En consecuencia, Quijote es tanto o más real que el manco de Lepanto.
Las profundísimas reflexiones de Unamuno no dejan indiferente al lector, siendo una buena muestra más de la buena salud de la que ha gozado la filosofía española, pese a la marginación que ha sufrido tanto por los intelectuales europeos como por nuestros propios académicos.

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