dimarts, 23 d’octubre de 2012

Don Quijote y la Revolución

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A principios del siglo XVII, el genio español Miguel de Cervantes Saavedra publica su inmortal don Quijote de la Mancha. Muchas han sido las interpretaciones de esta obra, y ha generado océanos enteros de tinta surgidos de las plumas de los más variados escritores, siendo citada en obras de muy distintas disciplinas. Probablemente sea la pieza literaria cumbre de la literatura española y, sin lugar a dudas, una de las mejores obras de la literatura universal.
Hoy no quiero hablar de cómo don Quijote es una imagen del nuevo sujeto autónomo que instaura la Filosofía Moderna, enfrentado a la autoridad extrínseca que simboliza Sancho Panza (aunque después éste evoluciona). Tampoco quiero hablar de las magníficas disquisiciones que don Quijote hace acerca del amor, las letras, las armas, la fidelidad, etc. Tampoco quiero comentar los maravillosos episodios, tan graciosos como profundos, con que el manco de Lepanto nos deleita en esta magnífica obra, ni del juego metaliterario que utiliza Cervantes entre él mismo, Cide Hamete Benengeli y los propios personajes. Todo esto lo encontrará el lector en la deliciosa lectura de este titán literario. Hoy quiero reivindicar, desde estas páginas, la necesidad de que la sociedad española redescubra este clásico. Decía Unamuno, una de las almas más profundas de nuestra España: “Aparéceseme la filosofía en el alma de mi pueblo como la expresión de una tragedia íntima análoga a la tragedia del alma de Don Quijote, como la expresión de una lucha entre lo que el mundo es, según la razón de la ciencia nos lo muestra, y lo que queremos que sea, según la fe de nuestra religión nos lo dice”1. Para nuestro filósofo, el quijotismo es la dedicación de una vida a la persecución de un ideal, por muy irreal que le parezca al resto de la sociedad. “¿Cuál es, pues, la nueva misión de Don Quijote hoy en este mundo? Clamar, clamar en el desierto. Pero el desierto oye, aunque no oigan los hombres, y un día se convertirá en selva sonora, y esa voz solitaria que va posando en el desierto como semilla, dará un cedro gigantesco que con sus cien mil lenguas cantará un hosanna eterno al Señor de la vida y de la muerte”2.
¿Por qué reivindico la lectura del Quijote por parte de todo el pueblo español? Porque el Quijote es un grito salido de lo más pofundo de la conciencia hispánica. Conciencia que no busca lo contingente, lo relativo o lo superficial, sino que busca lo eterno, lo absoluto…en una palabra: lo ideal. Y es que España siempre ha aprovechado lo bueno de las revoluciones intentando mantener lo aprovechable de la tradición. Así fue en la España del Renacimiento: España se resistió a la Reforma Protestante, pero tuvo fortalecimiento de sus corrientes humanistas y su propia cultura renacentista. Hay quien niega que España tomara parte de tal revolución, precisamente por mantener fuertes lazos con la tradición católica, lo cual es erróneo: España supo conjugar perfectamente la Revolución con la Tradición3.
Así, la lectura de don Quijote nos impele a que frente a la contingencia real opongamos el eterno ideal; frente a lo que es, lo que debe ser; frente a la materia, el espíritu. ¿Nos dicen que la juventud está para despreocuparse de todo, bailar, beber y ver telebasura? ¡Gritemos que la juventud está para formarse y oponer ideales renovadores! ¿Nos dicen que la democracia representativa y el capitalismo son los sistemas más justos? ¡Gritemos que la democracia de partidos no es democracia, que la democracia debe salir directamente del pueblo, y que el capitalismo es la injusticia sistematizada! ¿Nos dicen que amar la Patria es cosa de reaccionarios, carcamales y fachas? ¡Gritemos que el amor a la Patria es amor a la cultura propia (sin implicar desprecio a las ajenas), a los compatriotas y un deseo de un futuro mejor para todos (no sólo para los autóctonos, sino para todos aquellos inmigrantes que tienen esperanzas en España y, por ello, la honran)! ¿Nos dicen que el dinero, el disfrute y el consumo son los medios para autorrealizarse? ¡Gritemos que lo que autorrealiza a uno es el sacrifico para los demás, el engrandecimiento del espíritu y el crear algo grande! Alcemos, frente al materialismo capitalista, la poesía. Frente al separatismo, la unión. Frente al individualismo, el colectivismo. Frente al racismo y la xenofobia, el ideal de la Hispanidad por encima de razas y colores. Frente a la explotación, la solidaridad. Frente a la España actual, la nueva España, profudamente nacional, radicalmente sindicalista .
¿Que esto suena a palabreja revolucionaria? Que suena a utopía? En su idealidad radica su valor; en su dificultad, su grandeza. Don Quijote luchaba, por encima de todo, por el amor de Dulcinea. Esta bella doncella del Toboso no existía, pero Quijote perseguía su amor con fe, con una fe inquebrantable, que convertía a Dulcinea en algo real que, en el futuro, él podría ver, tocar, oir. Al final de la obra, don Quijote se cura de su locura (es decir, abandona su ideal) y, tras esto, muere. Muere sin ver a Dulcinea, sin disfrutar de su amor. De la misma forma, si los españoles abandonamos nuestro ideal de unión nacional y Justicia social, moriremos. Pero no moriremos biológicamente en la cama envuelto en sábanas como don Quijote, sino que moriremos viviendo entre incultura, egoísmo, materialismo, individualismo, explotación, injusticia…Moriremos de la peor forma posible: viviendo sin poesía. Pero, así como el don Quijote cuerdo murió, el loco sobrevivió en la conciencia de todos sus lectores. Nadie guarda en su corazón al Quijote moribundo, sino al que se enfrenta a gigantes, el que atemoriza a leones, el que cabalga sobre dragones alados, el que repara desagravios, el que hace Justicia. Leer el Quijote es mucho más que pasar unas horas preciosas frente a una gran obra literaria (aunque esto ya tiene valor en sí mismo): es oir el ahogado grito de España que clama para ver realizada su esencia. Además, y al margen de eso, leer el Quijote es culturizarse (lo cual significa: engrandecer, alimentar el espíritu). Y la Revolución debe empezar por ahí: en la conciencia individual, en el espíritu de cada uno de nosotros.
Nos dirán que somos soñadores, que todo eso es imposible y que maduremos. Si respondemos a esas acusaciones con teorías económicas, sociales y políticas factibles, nos llamarán fascistas apelando a nuestro patriotismo o a ciertas falsedades históricas, a ciertos sofismas rastreros. Pero, como dijo don Quijote: “Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible”4 .


1 Miguel de Unamuno (2007) Del sentimiento trágico de la vida, Ed. Austral, P 322
2 Unamuno, Ibidem, P 329
3 No entra en el propósito de este artículo discutir la cuestión, por lo que remito a los interesados a José Luís Abellán (1996) Historia del pensamiento español, Ed. Espasa, pp 101-215
4 Miguel de Cervantes (1996) El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Ed. Espasa Calpe, P 376

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